La mejor época
del año, en la que el deseo de dar y de ser mejores nos inunda. Nunca somos
más comprensivos, más solidarios, más preocupados por el prójimo que en la
época del nacimiento del Niño-Dios.
¡Si fuésemos así todos los días
del año!
Sin embargo, según pasa la
Navidad, parece que el egoísmo y las malas pasiones retornan.
Pero lo más singular de esta fecha
es la importancia que cobra la familia aún en los más indiferentes o
desafectos. ¡Cuánto recordamos a los nuestros! Los mayores extraemos
del almacén de la memoria aquellas cenas en las que toda la familia
compartía. ¡Qué lindo era ver aquella mesa llena de manjares, rodeada por
la abuela, nuestros padres, los tíos y primos y amistades que eran como
extensión de la familia!
En el aire parece estar el aroma
de los deliciosos postres de la abuela, de los frijoles negros de mamá y el
del lechón asado que era siempre la tarea de nuestros vecinos.
Nunca más he vuelto a disfrutar de
una cena como las de mi niñez. Y sé que ya jamás la tendré. ¡Quedamos tan
pocos, se nos han ido tantos!
Que todos ustedes, queridos
hermanos, tengan una Navidad bonita, que puedan disfrutar de una Nochebuena
en familia y que a la hora de dar gracias no nos olvidemos de aquellos
hermanos y hermanas que la pasarán en las ergástulas de Castro, rodeados de
insectos y roedores, lejos de los suyos y sufriendo crueles castigos y
torturas. Elevemos en silencio una oración por ellos para no amargarles el
momento a los que nos rodeen.
¡Que el 2008 nos traiga la Paz, Libertad y Democracia que todos ansiamos